Colombia enfrenta ahora dos procesos de reconstrucción después del terremoto de magnitud 7.4 que golpeó el occidente del país: recuperar la infraestructura dañada y atender las consecuencias emocionales que pueden permanecer durante semanas o meses entre quienes vivieron el desastre.
“Una emergencia no termina cuando pasa el peligro”, explica Jaime Castro, cofundador de Selia, plataforma de atención psicológica. Después de una experiencia amenazante, el organismo puede mantenerse en alerta incluso cuando el riesgo inmediato desapareció.
Durante el primer mes es frecuente atravesar un periodo de estrés agudo. La psiquiatra Vicky Pérez señala que pueden aparecer insomnio, despertares nocturnos, dolores de cabeza, palpitaciones, bruxismo, cambios en el apetito, molestias gastrointestinales, dificultades para respirar o problemas de concentración.
También son comunes los pensamientos anticipatorios y de culpa: imaginar constantemente otro terremoto, preguntarse por qué alguien sobrevivió mientras otros no o pensar que se pudo haber hecho más para ayudar.
Salud mental después de un desastre
Estas reacciones no implican necesariamente un trastorno. Los especialistas explican que forman parte de la respuesta del sistema nervioso ante una situación extrema.
Pérez recomienda reconocer el miedo en lugar de combatirlo. Una herramienta consiste en reservar un horario durante el día para pensar en las preocupaciones, evitando hacerlo durante la noche. También aconseja caminar cuando sea posible, hidratarse, mantener una alimentación regular y recuperar progresivamente las rutinas.
En términos generales, durante los primeros ocho días la mente intenta procesar lo sucedido. Cerca de las dos semanas suelen disminuir las respuestas de hiperalerta y, después del primer mes, los síntomas deberían reducir su frecuencia, intensidad e interferencia con la vida cotidiana.
Hay señales que justifican buscar atención profesional antes o después de ese periodo: ataques de pánico, aislamiento, desconexión de la realidad, llanto persistente, tres noches consecutivas sin dormir o dificultades que impidan estudiar, trabajar o realizar actividades habituales. Las personas que ya tenían ansiedad o depresión también pueden necesitar seguimiento especial.
Escuchar y recuperar las rutinas también forma parte de la ayuda
Hablar de lo ocurrido puede facilitar la recuperación. Pérez recomienda nombrar las emociones, escribirlas, buscar compañía y evitar una exposición constante a noticias e imágenes del desastre, porque la sobreinformación puede prolongar el estado de alerta.
Germán Casas, psiquiatra especializado en niños y adolescentes, destaca además los primeros auxilios psicológicos. Una persona capacitada puede ofrecer escucha responsable, un espacio seguro y orientación inicial sin sustituir la atención profesional.
Entre las herramientas utilizadas están la respiración lenta y consciente y el grounding, que consiste en dirigir la atención hacia sonidos, objetos, texturas u olores del entorno para recuperar la conexión con el presente.
La reconstrucción emocional no siempre avanza al mismo ritmo que la física. Recuperar la sensación de seguridad, reorganizar la vida cotidiana y procesar las pérdidas puede requerir semanas o meses.
Por ello, psicólogos, psiquiatras y organizaciones han comenzado a ofrecer consultas gratuitas y apoyo virtual para las comunidades afectadas. La atención psicológica se convierte así en otra parte esencial de la respuesta posterior al terremoto.