Comunidades microscópicas que sostienen la vida
La vida visible depende en gran medida de organismos que apenas podemos observar. Suelos, océanos, plantas y cuerpos humanos albergan bacterias, hongos, microalgas y otros microorganismos que participan continuamente en procesos esenciales.
Estas comunidades microscópicas forman microbiomas complejos que producen oxígeno, ayudan a las plantas a obtener nutrientes y colaboran con funciones humanas como la producción de vitaminas. La ciencia ya conoce muchas de sus especies, pero todavía intenta comprender cómo trabajan juntas.
Los avances en secuenciación de ADN permitieron identificar miles de microorganismos. Sin embargo, conocer sus nombres no explica qué ocurre cuando desaparece una especie, llega otra o cambia el equilibrio entre ellas.
Tanja Kostic, microbióloga del Instituto Austriaco de Tecnología, dirige MICROBE, un proyecto europeo desarrollado entre 2023 y 2027. La iniciativa reúne instituciones de Alemania, Francia, Austria y Reino Unido para aprender a conservar y estudiar microbiomas completos.
El reto consiste en preservar las comunidades vivas sin alterar su composición. Factores como agricultura intensiva, contaminación, alimentación y cambio climático pueden modificar rápidamente estos ecosistemas.
La conservación permitiría estudiar posteriormente qué organismos realizan funciones esenciales y recrear versiones más sencillas del microbioma para analizarlas con mayor precisión.
Matthew Ryan, especialista de CABI, señala que durante décadas la microbiología se concentró en conservar especies individuales. Ese método ofrece información valiosa, aunque deja fuera las relaciones que permiten funcionar a toda la comunidad.
Por ello, los investigadores trabajan para unificar los métodos de recolección, almacenamiento y análisis. Una muestra conservada de manera diferente puede cambiar con el tiempo y dificultar la comparación entre laboratorios.
Comprender estos ecosistemas podría tener aplicaciones directas en la producción de alimentos. Los microbiomas del suelo influyen en el crecimiento de los cultivos, el aprovechamiento de nutrientes y la resistencia frente a enfermedades.
Actualmente existen fertilizantes microbianos y productos biológicos para controlar plagas, pero no funcionan igual en todos los terrenos. En el futuro, los agricultores podrían analizar los microorganismos presentes alrededor de las raíces y recibir recomendaciones adaptadas a cada suelo.
La medicina estudia una posibilidad semejante. Diferencias en la microbiota intestinal pueden influir en nutrición, inmunidad y distintas enfermedades. Con más información, determinados tratamientos o dietas podrían adaptarse a grupos de personas con características microbianas similares.
La investigación también exige precauciones. Introducir microorganismos nuevos en cultivos, suelos o pacientes podría alterar comunidades existentes. Los proyectos incorporan por ello especialistas en bioseguridad, ética y regulación.
Otro debate apunta a la propiedad de estos recursos. Si una comunidad microbiana encontrada en determinado territorio genera una aplicación comercial valiosa, todavía deben aclararse los derechos sobre su utilización.
Europa busca aprovechar los biobancos existentes en lugar de construir una infraestructura completamente nueva. El objetivo consiste en establecer métodos comunes que permitan conservar estas comunidades, compartir información fiable y comprender cómo funciones invisibles sostienen ecosistemas, alimentos y salud humana.
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