En las aulas de México, donde los retos educativos se intensifican año tras año, la educación musical se revela como una aliada poderosa, aunque a menudo subestimada. Su presencia en el desarrollo infantil y juvenil no solo estimula la creatividad, sino que fortalece procesos cognitivos esenciales y cultiva habilidades socioemocionales determinantes para la vida.
Investigaciones pedagógicas recientes respaldan lo que muchos educadores han observado durante décadas: aprender música potencia la memoria, la concentración y la capacidad de resolución de problemas. Además, contribuye al fortalecimiento de la autoestima y promueve entornos colaborativos donde los estudiantes aprenden a escuchar, dialogar y trabajar en equipo.
La educación musical como pilar formativo
En 2025, con una política educativa que busca mayor equidad y calidad, la integración de disciplinas artísticas cobra especial relevancia. La música, por su carácter transversal, conecta áreas como matemáticas, lenguaje y ciencias, favoreciendo aprendizajes significativos. Sin embargo, su acceso sigue siendo desigual. Aunque la Secretaría de Educación Pública ha promovido contenidos musicales en el currículo básico, muchas escuelas carecen de infraestructura, m-ateriales o docentes especializados.
En consecuencia, la formación musical queda relegada a esfuerzos individuales o contextos privados, lo que profundiza brechas educativas y culturales. Urge avanzar hacia políticas públicas que garanticen su enseñanza como un derecho, no un lujo.
Del mismo modo, proyectos escolares y comunitarios que integran orquestas, coros o talleres musicales han mostrado resultados positivos en contextos vulnerables. No solo mejoran el rendimiento académico, sino que reducen la deserción escolar y fortalecen el tejido social.
