La educación requiere algo más que planes de estudio y aulas equipadas. En México, la posibilidad de aprender con libertad depende de que las comunidades escolares cuenten con entornos seguros, donde el miedo no limite la participación ni el desarrollo académico. Esta visión cobró fuerza en diciembre dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México, en un contexto de reflexión interinstitucional sobre convivencia y prevención de la violencia.
La seguridad escolar se ha convertido en un factor estructural del proceso educativo. Cuando los espacios académicos enfrentan riesgos, las trayectorias estudiantiles se fragmentan y la experiencia formativa pierde sentido. Por ello, instituciones públicas de educación media superior y superior han comenzado a abordar la seguridad como una condición indispensable para garantizar una educación plena.
Seguridad educativa y convivencia universitaria
Durante el Foro Intercambio de Saberes, realizado en Ciudad Universitaria, la UNAM, el Instituto Politécnico Nacional y el Colegio de Bachilleres coincidieron en que la seguridad no puede entenderse solo como vigilancia. Manuel Palma Rangel, titular de la Secretaría de Prevención y Apoyo a la Movilidad y Seguridad Universitaria de la UNAM, señaló que un entorno seguro se construye con información, coordinación y participación activa de la comunidad estudiantil.
Prevención, juventud y responsabilidad institucional
En el encuentro también se analizó el impacto de la violencia juvenil y del porrismo en la vida académica. Gabriela Contreras Pérez, investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, advirtió que la exposición constante a contenidos digitales poco confiables amplifica la percepción de riesgo entre jóvenes y debilita los vínculos comunitarios. En consecuencia, las instituciones plantearon la necesidad de fortalecer el acompañamiento, la escucha y la cultura de paz dentro de los planteles.
Los datos compartidos en el foro indican que los espacios educativos con estrategias preventivas y redes comunitarias sólidas reportan mejores climas escolares y menor incidencia de conflictos. Este enfoque confirma que la seguridad educativa no es un elemento accesorio, sino una condición esencial para que la educación cumpla su función social.
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