Leer durante varios minutos sin cambiar de aplicación, consultar una notificación o saltar hacia otro contenido resulta cada vez más difícil. La transformación no afecta únicamente a los adolescentes: niños y adultos conviven con entornos digitales construidos alrededor de estímulos breves y constantes.
Los resultados de PISA han reabierto el debate sobre la comprensión lectora y las posibles razones de su deterioro. Investigadores consultados apuntan hacia un fenómeno más amplio: las pantallas podrían estar modificando los hábitos de atención, conversación y lectura profunda.
Comprensión lectora requiere tiempo y atención sostenida
Ladislao Salmerón, investigador de la Universidad de Valencia, estudia desde hace dos décadas el impacto de las pantallas sobre la lectura. Según explica, la actual generación de estudiantes es la primera que ha crecido dentro de un entorno completamente digital.
El cambio comienza incluso antes de aprender a leer. Las conversaciones durante la infancia ayudan a desarrollar capacidades relacionadas con el lenguaje, como fonología, prosodia y diálogo. Sin embargo, el uso constante de dispositivos puede desplazar parte de esas interacciones.
David Bueno, investigador de la Universidad de Barcelona, destaca precisamente la relación entre lenguaje oral y lectoescritura. Comprender profundamente un texto requiere haber desarrollado también la capacidad de comprender el lenguaje hablado.
A esto se suma una atención digital cada vez más fragmentada. La psicóloga Gloria Mark ha estudiado durante años cuánto tiempo permanecen las personas concentradas en una misma pantalla antes de cambiar de actividad. Sus mediciones pasaron de aproximadamente dos minutos y medio en 2004 a 47 segundos en 2021.
Leer en una pantalla no exige siempre las mismas habilidades
La lectura no es una capacidad biológica con la que nacemos. El cerebro aprende a reconocer símbolos, relacionarlos con sonidos y significados y, progresivamente, construye circuitos capaces de sostener procesos como la reflexión y la interpretación.
La neurocientífica Maryanne Wolf ha estudiado cómo ese aprendizaje transforma el cerebro. Su planteamiento también introduce una cuestión importante: los circuitos relacionados con la lectura pueden modificarse dependiendo de cómo se utilicen.
Leer una novela durante un periodo prolongado no plantea las mismas exigencias cognitivas que recorrer mensajes, publicaciones, videos y enlaces sucesivos. El entorno digital favorece velocidad, selección rápida de información y cambios frecuentes de contexto, mientras la lectura profunda necesita concentración sostenida.
Esto no significa que las nuevas generaciones hayan perdido simplemente capacidades cognitivas. El propio informe PISA contempla la posibilidad de una reconfiguración de habilidades. Los estudiantes podrían desarrollar destrezas que las evaluaciones actuales no capturan, aunque el informe considera esta explicación altamente especulativa por falta de evidencia suficiente.
El descenso tampoco permite responsabilizar únicamente a los adolescentes. Los formatos basados en contenidos breves y estímulos continuos atraviesan diferentes generaciones, aunque el cerebro infantil puede resultar especialmente sensible porque todavía está desarrollando sus circuitos.
La cuestión educativa, por tanto, no se limita a cuánto leen los estudiantes. También importa cómo leen, cuánto tiempo consiguen mantener la atención y qué espacios conservan para conversar, interpretar y profundizar en un texto.