La educación no se define únicamente por el espacio donde ocurre. Un salón físico y una plataforma digital pueden sostener procesos educativos valiosos cuando existen docentes preparados, recursos adecuados y oportunidades reales para aprender.
Ana María Salmerón Castro, académica de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, plantea que la escuela existe donde un docente enseña y un grupo participa en una relación educativa. Por ello, puede desarrollarse tanto presencialmente como a distancia.
La escuela también puede construirse detrás de una pantalla
Durante el ciclo de conversaciones “Ctrl+ESCuela. Navegar con la tecnología sin naufragar en la escuela”, Salmerón rechazó la idea de asociar automáticamente las aulas con buena educación y las pantallas con una enseñanza deficiente.
Ambas modalidades pueden alcanzar buena o mala calidad. En el bachillerato mexicano, explicó, una dificultad central está relacionada con la desigualdad y la distribución de oportunidades.
Los planteles y programas no ofrecen las mismas condiciones para todos los sectores de la población. La educación virtual tampoco elimina esas diferencias por sí sola, pues requiere conectividad, tiempo disponible y otros recursos.
La académica recordó además que existe mucha más experiencia acumulada en enseñanza presencial. La educación en línea obligó a profesores e instituciones a reinventar prácticas que durante años estuvieron diseñadas alrededor del aula.
La tecnología necesita imaginación pedagógica
Irán Guerrero Tejero, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras en el Sistema de Universidad Abierta y Educación a Distancia, considera que enfrentar pantallas contra aulas plantea una falsa dicotomía.
Tampoco existe una modalidad adecuada para todas las personas. Las necesidades, circunstancias y perfiles de los estudiantes influyen al momento de elegir cómo estudiar.
Guerrero cuestionó algunos mitos relacionados con la educación virtual, entre ellos que siempre resulta flexible, barata, independiente o capaz de alcanzar a toda la población. La falta de conexión a internet o de tiempo disponible todavía limita su cobertura.
Además, ofrecer educación de calidad implica costos tanto presencialmente como a distancia. Un profesor necesita preparar sus clases, acompañar al alumnado y establecer espacios de comunicación independientemente del medio utilizado.
Precisamente, uno de los riesgos aparece cuando las plataformas sustituyen el diálogo en lugar de facilitarlo. Algunos estudiantes de programas virtuales reportan escasa interacción con sus profesores.
Frente a este escenario, Guerrero propone recuperar la comunicación y recurrir a la imaginación pedagógica. El desafío educativo no consiste simplemente en decidir entre pantallas y aulas, sino en construir condiciones que permitan enseñar, acompañar y aprender adecuadamente en cualquiera de las modalidades.