La proteína dejó de ser únicamente un nutriente para convertirse en uno de los reclamos más rentables de la industria alimentaria. Supermercados y marcas la destacan en yogures, chocolatinas, harinas, palomitas, bebidas y productos ultraprocesados, aunque la mayoría de la población ya consume cantidades suficientes.
Esta expansión responde al auge de la cultura fitness, los suplementos deportivos y los medicamentos para adelgazar. Sin embargo, nuevas investigaciones cuestionan la idea de que aumentar su consumo siempre produce beneficios y advierten que la calidad del alimento importa más que una palabra destacada en el envase.
La proteína añadida no convierte un producto en saludable
Un estudio de la Universidad Miguel Hernández analizó más de 4,300 alimentos y encontró que el 90% de los productos con reclamos proteicos presentaba una composición poco saludable. Muchos contenían cantidades elevadas de azúcar, sal o grasas.
Entre los productos sin ese mensaje comercial, el porcentaje de opciones poco saludables alcanzó el 78%. Aunque ambas cifras resultan altas, la comparación muestra que los alimentos anunciados como proteicos ofrecían, en general, una peor calidad nutricional.
Ana Belén Ropero, profesora de Nutrición y Bromatología, explicó que el problema no está en el nutriente, sino en los demás ingredientes. Una barrita puede contener más proteínas que otra, pero seguir siendo un ultraprocesado cargado de azúcar o grasas.
El yogur griego ilustra cómo cambia la percepción del consumidor. Durante años, las marcas lo presentaron como una opción poco recomendable por su contenido graso. Después llegaron los lácteos bajos en grasa, con fibra, bífidus o sin lactosa. Ahora, el mismo yogur ocupa un lugar privilegiado entre quienes buscan alimentos ricos en proteínas.
El exceso depende de la actividad física y las necesidades
La Organización Mundial de la Salud recomienda alrededor de 0.8 gramos por kilo de peso corporal al día para un adulto sedentario. La mayoría de las personas supera esa cantidad mediante su alimentación habitual.
En quienes realizan entrenamiento de fuerza, una mayor ingesta puede favorecer el desarrollo muscular. No obstante, una revisión científica encontró que los beneficios dejan de aumentar al llegar aproximadamente a 1.6 gramos por kilo al día. Consumir más no aporta ventajas adicionales en la mayoría de los casos.
Un nuevo metaanálisis de más de 350 investigaciones plantea que reducir moderadamente el consumo podría mejorar el metabolismo y ralentizar algunos procesos del envejecimiento celular. La mayoría de los trabajos se realizó con animales, por lo que los científicos piden cautela antes de trasladar las conclusiones a los seres humanos.
Los investigadores analizan el papel de la hormona FGF21, cuyos niveles aumentan cuando baja la ingesta proteica. En estudios con animales, esta hormona mejoró el control de la glucosa, redujo la inflamación y se relacionó con una mayor longevidad.
El endocrinólogo Dudley Lamming advierte que las personas sedentarias podrían consumir cantidades superiores a sus necesidades. Los atletas, en cambio, parecen tolerar dietas más altas debido al efecto protector del ejercicio regular.
Los medicamentos GLP-1 también impulsaron el interés por estos productos, ya que la pérdida rápida de peso puede reducir la masa muscular. Los especialistas recomiendan combinar una alimentación adecuada con ejercicio, no limitarse a consumir suplementos o barritas.
El mensaje científico no consiste en eliminar este nutriente ni en consumirlo sin límite. La recomendación más sensata es ajustar la cantidad a la edad, el estado de salud y la actividad física, además de priorizar alimentos naturales sobre productos que utilizan la nutrición como estrategia publicitaria.