Una sociedad bien alimentada empieza por una supervisión responsable de sus alimentos. En Argentina, esta premisa cobra relevancia cada 29 de diciembre, cuando se celebra el Día del Bromatólogo, una figura clave en el control de la calidad alimentaria y la protección de la salud pública.
Este reconocimiento no solo honra a quienes trabajan en laboratorios, industrias y organismos estatales, sino que también impulsa la necesidad de visibilizar su impacto en la vida cotidiana. El bromatólogo no solo analiza alimentos; interviene en normativas, investiga y educa, garantizando la inocuidad de lo que consumimos. En un país como Argentina, donde el sistema de control alimentario opera tanto a nivel nacional como provincial, su labor resulta indispensable.
Bromatólogo: salud pública y compromiso social
La carrera de Bromatología, ofrecida por universidades nacionales como la de Entre Ríos y Tucumán, combina saberes de microbiología, química, toxicología y nutrición. Esta formación permite a los profesionales evaluar desde la presencia de bacterias hasta la calidad nutricional, desempeñando un papel protagónico en la prevención de enfermedades transmitidas por alimentos.
Además, en un contexto donde los sistemas alimentarios enfrentan desafíos por el cambio climático, la globalización y la desinformación, la intervención del bromatólogo se torna estratégica. Su rol ya no se limita al laboratorio, sino que se extiende a campañas educativas, auditorías en empresas y asistencia técnica a comunidades vulnerables.
El Ministerio de Salud de la Nación actualizó sus lineamientos sobre vigilancia bromatológica, fortaleciendo los marcos de actuación federal y promoviendo mejores prácticas en todo el territorio. Esta política busca optimizar la articulación entre municipios, provincias y Nación para garantizar alimentos más seguros.
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