Pasar hambre podría influir en la manera en que el cerebro recuerda los efectos placenteros del alcohol. Investigadores de la Universidad de Brown, en Estados Unidos, identificaron un mecanismo neuronal que conecta la falta de alimento con la formación de recuerdos asociados al consumo de bebidas alcohólicas.
El hallazgo, publicado en la revista científica Current Biology, ofrece nuevas pistas para comprender los procesos cerebrales relacionados con el alcoholismo. Sin embargo, los científicos aclaran que los resultados proceden de experimentos con moscas de la fruta y todavía requieren investigaciones adicionales para determinar su aplicación en seres humanos.
Cómo se relacionan el hambre y el alcoholismo
El equipo del Carney Institute for Brain Science utilizó moscas de la fruta para estudiar cómo el hambre modifica los circuitos cerebrales responsables de asociar determinadas experiencias con una recompensa.
Los investigadores descubrieron que la falta de alimento activa neuronas que contienen octopamina, un neurotransmisor que participa en las respuestas al estrés y equivale funcionalmente a la noradrenalina humana.
En particular, identificaron una neurona denominada VUMa3, cuya actividad influye en la rapidez con que las moscas hambrientas comienzan a considerar el alcohol como una experiencia gratificante.
Al activar o inhibir genéticamente esta neurona, los científicos observaron cambios en la preferencia por el alcohol, pero únicamente cuando los insectos tenían hambre.
Lewis Sherer, investigador posdoctoral de Brown y primer autor del estudio, explicó que comprender estos mecanismos puede ayudar a identificar cómo se forman los recuerdos que posteriormente desencadenan deseos de consumir alcohol.
Los recuerdos pueden influir en las adicciones
Investigaciones anteriores se habían concentrado principalmente en neurotransmisores como la dopamina, relacionados con los sistemas cerebrales de recompensa.
No obstante, el nuevo trabajo sugiere que estados internos como el hambre, la sed y el dolor también pueden modificar la manera en que el cerebro responde a determinados estímulos.
Karla Kaun, profesora asociada de neurociencia de Brown, explicó que una persona hambrienta podría prestar mayor atención a señales relacionadas con el alcohol que normalmente pasarían inadvertidas.
Por ejemplo, alguien que camina diariamente frente a un bar podría sentir mayor interés en entrar después de pasar varias horas sin comer.
Además, los investigadores consideran que factores sociales como la inseguridad alimentaria podrían influir en los mecanismos de recompensa asociados con las adicciones.
Sin embargo, el estudio no demuestra que pasar hambre provoque directamente dependencia del alcohol en las personas. Su principal aportación consiste en identificar una conexión neuronal que podría orientar futuras investigaciones.
Comprender cómo las condiciones de vida modifican los recuerdos relacionados con las sustancias adictivas podría contribuir al desarrollo de nuevas estrategias de prevención y tratamiento del alcoholismo.
Por ahora, los científicos continuarán investigando cómo interactúan las necesidades fisiológicas y los circuitos cerebrales de recompensa, especialmente aquellos relacionados con los deseos de consumo y las recaídas.