La innovación educativa solo genera impacto cuando nace de la investigación. No basta con aplicar nuevas tecnologías o estrategias sin antes someterlas a una validación rigurosa. En México, esta premisa empieza a ganar terreno entre instituciones académicas que buscan transformar la enseñanza desde la base: con evidencia.
Durante la IFE Conference 2026, realizada en enero en el Tec de Monterrey, expertos de universidades de México y España coincidieron en que el verdadero progreso educativo depende de entender qué funciona, en qué condiciones y por qué. Javier Guzmán, vicepresidente de Investigación del Tec, fue claro: “Lo fundamental es tener evidencia en educación y saber qué sí funciona y qué no”.
En el panel Without Evidence, There is No Innovation, académicos como Juan José Mena y Francisco García, de la Universidad de Salamanca, compartieron una misma visión: la investigación debe guiar cualquier intento de innovación. En especial cuando se trata de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial, cuyo uso debe adaptarse al contexto de cada aula y región.
Evidencia educativa para innovar con responsabilidad
También señalaron que sin investigación, la innovación se vuelve una creencia, no una certeza. Y en educación, esa diferencia define el impacto real. “La investigación orienta, legitima y hace responsable a la innovación”, dijo Mena.
Además, los especialistas propusieron que la investigación en educación debe ser longitudinal, con datos abiertos y contextualizados. Solo así puede cerrar la histórica brecha entre teoría y práctica. Para Guzmán, en América Latina aún falta integrar la evidencia en la toma de decisiones, lo que limita el potencial transformador de la educación.
Un dato destacado del encuentro: el 100% de los investigadores invitados coincidió en que toda innovación educativa debe incluir procesos de evaluación desde su fase inicial para garantizar resultados sólidos y sostenibles.
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