Ansiedad infantil y acompañamiento familiar
Los trastornos de ansiedad se encuentran entre los problemas de salud mental más frecuentes durante la infancia y adolescencia. Cuando persisten sin atención, pueden afectar actividades cotidianas, relaciones familiares, desempeño escolar y desarrollo de la autonomía.
Investigadores de Yale School of Medicine estudian la ansiedad desde diferentes perspectivas. Sus trabajos abarcan psicoterapia, comportamiento familiar, actividad cerebral y mecanismos moleculares, con el objetivo de comprender por qué algunos tratamientos funcionan mejor que otros.
La terapia cognitivo-conductual, conocida como CBT por sus siglas en inglés, constituye actualmente uno de los tratamientos con mayor respaldo científico para los trastornos de ansiedad infantil.
Esta psicoterapia enseña a reconocer pensamientos ansiosos y enfrentar progresivamente situaciones que provocan temor. Sin embargo, hasta 50% de los niños puede no obtener un beneficio suficiente únicamente con este tratamiento, según la información presentada por Yale.
Wendy Silverman y Eli Lebowitz, investigadores del Child Study Center, estudian cómo la participación familiar puede mejorar los resultados.
Una conducta frecuente ocurre cuando madres y padres permiten que sus hijos eviten completamente aquello que les genera temor. Aunque buscan reducir su sufrimiento, esta adaptación puede contribuir involuntariamente a mantener determinadas respuestas ansiosas.
También puede limitarse la autonomía cuando los adultos intervienen excesivamente. La investigación de Silverman apunta a dos elementos relevantes: reducir gradualmente esas adaptaciones y favorecer que niñas y niños desarrollen mayor independencia.
Lebowitz desarrolló Supportive Parenting for Anxious Childhood Emotions (SPACE), una intervención dirigida específicamente a madres y padres. Los niños no participan directamente en sus sesiones.
El programa enseña a los adultos a reconocer el malestar de sus hijos mientras transmiten confianza en su capacidad para afrontarlo. También identifica comportamientos familiares que facilitan la evitación y establece planes para modificarlos progresivamente.
Investigadores de Yale han estudiado incluso qué ocurre en el cerebro después de esta intervención. Antes de SPACE, algunos niños activaban mejor los circuitos relacionados con la regulación del miedo cuando sus padres permanecían cerca.
Después de la intervención, podían activar esos circuitos incluso sin la presencia parental, un hallazgo que los investigadores relacionan con una mayor capacidad para regular sus propias respuestas.
Los científicos también exploran otras vías. Un estudio identificó una posible relación entre los niveles de la proteína FGF2 y el riesgo de desarrollar síntomas ansiosos y depresivos. Los resultados abren una línea de investigación sobre cómo determinadas experiencias pueden relacionarse con mecanismos moleculares, pero todavía no convierten a FGF2 en un tratamiento establecido.
Otra área analiza cómo los niños procesan amenazas. Michael Crowley y su equipo utilizan electroencefalografía y juegos digitales para estudiar estas respuestas sin depender exclusivamente de cuestionarios.
Sus experimentos han observado que niños con trastornos ansiosos pueden presentar respuestas cerebrales particularmente intensas frente a amenazas ambiguas. Los investigadores estudian ahora si entrenar la atención podría modificar esos patrones.
Yale también trabaja en intervenciones digitales para ampliar el acceso de las familias y estudia la relación entre redes sociales y ansiedad durante la adolescencia.
Estas investigaciones no apuntan a una solución única. En cambio, muestran que tratar los trastornos ansiosos infantiles puede requerir comprender simultáneamente al niño, su entorno familiar y los procesos cerebrales que participan en la respuesta al miedo.
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