Nadie pensaría que un fragmento invisible puede destruir un ecosistema entero, pero la ciencia ha confirmado que los microplásticos derivados del petróleo, como el polietileno de baja densidad, generan daños profundos en el equilibrio del agua dulce. En un reciente experimento realizado por la Universidad de California en San Diego, se documentó cómo estos materiales alteran la dinámica entre especies clave, favoreciendo la proliferación de algas tóxicas.
El estudio, publicado en febrero de 2026 en Communications Sustainability, simuló 30 ecosistemas acuáticos en estanques al aire libre. Algunos fueron expuestos a plásticos fósiles como el poliuretano; otros, a materiales biodegradables. Los resultados mostraron que los ecosistemas con microplásticos fósiles sufrieron una drástica caída en las poblaciones de copépodos, pequeños organismos que controlan el crecimiento de algas. Esta pérdida redujo la capacidad natural de autorregulación del agua y provocó desequilibrios químicos que afectaron directamente a peces e invertebrados.
El impacto silencioso del polietileno de baja densidad
La investigación también reveló que los microplásticos fósiles permanecen durante décadas en los cuerpos de agua, debilitando de forma continua a las especies reguladoras. Esto desencadena procesos de eutrofización y aumenta el riesgo de floraciones algales tóxicas, con impactos en la salud ambiental y humana.
Del mismo modo, se observó que incluso en condiciones sin exceso de nutrientes, los efectos negativos persistían, lo que demuestra que no se trata solo de contaminación visible, sino de transformaciones ecológicas profundas.
Este hallazgo pone sobre la mesa la necesidad urgente de revisar el uso cotidiano de plásticos como el LDPE en México, y de fomentar alternativas biodegradables con menor impacto sistémico.
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