Proteger la vida silvestre ya no es una opción, sino una necesidad educativa, social y ambiental. En distintas zonas rurales de Argentina, como el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, el impacto de la actividad humana sobre la biodiversidad exige acciones coordinadas y sostenidas. Allí, donde los frutales dominan el paisaje, organizaciones, productores y científicos están demostrando que producir alimentos y conservar la naturaleza pueden y deben ir de la mano.
Plantar árboles nativos como política de futuro
En el corazón de los valles patagónicos, cientos de especies nativas han sido desplazadas por monocultivos y prácticas intensivas. Frente a esto, iniciativas como las impulsadas por la Fundación Rewilding Argentina, el INTA y viveros comunitarios han promovido la restauración ecológica con especies autóctonas como el chañar, el molle, el piquillín o el espinillo. La plantación de estas especies cumple una doble función: recupera corredores biológicos esenciales para aves e insectos polinizadores y mejora la calidad del suelo y del agua.
Además, el enfoque educativo es clave. Varias escuelas rurales se han sumado a estas acciones, integrando la restauración del entorno en sus proyectos pedagógicos. La participación activa de estudiantes en la reforestación fortalece su vínculo con el territorio y promueve una conciencia ecológica duradera. No se trata solo de sembrar árboles, sino de sembrar conocimiento y responsabilidad social.
Cuidar la biodiversidad no es una tarea aislada del desarrollo productivo. De hecho, diversos especialistas del INTA y de universidades públicas explican que la presencia de flora y fauna nativas mejora el equilibrio ecológico y reduce la necesidad de pesticidas. Este enfoque, conocido como producción agroecológica con restauración, gana cada vez más terreno en la Patagonia.