Los árboles ya no son refugios de juego ni las ranas motivo de asombro. En Costa Rica, país biodiverso por excelencia, está surgiendo una tendencia preocupante: niñas y niños desarrollan miedo o rechazo hacia la naturaleza. Esta aversión, conocida como biofobia, se manifiesta con expresiones de asco o terror al ver insectos, tierra, animales silvestres o incluso plantas.
Aunque el fenómeno no es nuevo, ha ganado terreno en los últimos años, especialmente desde la pandemia. La vida urbana, el uso intensivo de pantallas y la desconexión con los espacios verdes han reducido el contacto cotidiano con la biodiversidad. Como resultado, muchas personas jóvenes ahora experimentan incomodidad o temor frente a elementos naturales antes considerados normales.
Revertir la biofobia con educación ambiental
Frente a este cambio de paradigma, la educación ambiental se posiciona como una herramienta indispensable. Iniciativas como excursiones escolares, huertas urbanas y clases al aire libre no solo restauran el vínculo afectivo con la naturaleza, sino que fomentan el pensamiento crítico, la empatía y la salud mental. En Costa Rica, expertos del Centro de Investigación en Neurociencias de la UCR advierten que esta desconexión impacta también en el desarrollo cognitivo infantil.
No se trata únicamente de salvar el planeta, sino de salvar nuestra relación con él. Reconectar a la infancia con la biodiversidad local es clave para formar futuras generaciones más resilientes, informadas y comprometidas.
Un estudio publicado por la Universidad de Costa Rica reveló que el 63% de estudiantes de primaria en áreas urbanas evita el contacto directo con insectos o tierra.
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